De mujeres y hombres

De un tiempo a esta parte todo es Gadafi, economía, los famosos 110 km/h y volvemos a empezar. Supongo que por eso la conmemoración del Día Internacional de la mujer lo tenemos que exprimir, aunque sólo sea por cambiar de tema de conversación y salir del bucle en el que nos hayamos inmersos.

Hoy es costumbre, por el mero hecho de ser mujer, si acudes a un organismo o centro oficial te regalen una flor en reconocimiento a que naciste con los cromosomas XX en lugar de XY.

Que me eximan las feministas por no querer formar parte de su gremio siendo mujer. Me niego a ir en unas listas electorales porque hay una “ley de paridad” que obliga a confeccionar las mismas bajo lo que se denomina “cremallera” es decir, hombre, mujer, hombre, mujer o viceversa, donde mi condición por razón de sexo está por encima de mis aptitudes. No, no quiero formar parte de un Consejo de Administración de una gran empresa porque mi currículum deja patente que soy mujer y hay que obedecer la ley por encima de mis capacidades.

Por supuesto estoy al lado que todas aquellas mujeres que, especialmente, a lo largo del XIX y el XX lucharon por la igualdad de derechos entre sexo, en la ciencia, la literatura, la política, el periodismo, la pintura, por citar algunos ámbitos.

Puede que me equivoque, pero no siento que Clara Campoamor, la mujer que consiguió que la Constitución de 1931 dispusiera que “Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de 23 años tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes”, estuviera de acuerdo con la famosa “Ley de paridad” a la que me he referido anteriormente. Por mucho que quiera no me hago a la idea de ver a Dolores Ibarrúri asumiendo, tal cual está redactada, “La ley sobre violencia de género” que quiebra, con total impunidad, el principio de igualdad jurídica entre hombres y mujeres. Incapaz soy de imaginarme a Federica Montseny apoyando la actual “ley de divorcio”, que deja la custodia compartida de los hijos en un segundo plano, provocando en muchos casos que los menores sufran el síndrome de alienación parental.

Las mujeres antes citadas y otras muchas, que desde el anonimato lucharon como ellas, no permitirían que la discriminación estuviera por encima de la igualdad en derechos.

La discriminación positiva, en el siglo XXI, carece de sentido; con ella no se logrará que los salarios entre los hombres y las mujeres se igualen; tampoco conseguirá que el paro femenino sea inferior al masculino, ni que la conciliación laboral y familiar coexistan.

El mundo espero sepa perdonarme por no sentirme especial por el hecho de ser mujer; y pueda condonarme por mi exigencia de ser valorada como persona en relación a mis aptitudes, no por mi condición de mujer.

Galiana

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